07 septiembre 2009

DESCAMISADOS

Hay artículos que se piensan, pero no se escriben. Este artículo lo llevaba rumiando mucho tiempo, pero sólo ahora he sentido la necesidad de escribirlo. Quizá porque ha llegado el momento perfecto, ahora que el diario Público ha emprendido una nueva colección de películas históricas. El próximo jueves regalarán Cinema Paradiso, del gran Giuseppe Tornatore, el director siciliano del que escribía el otro día. Cinema Paradiso más que una película es un canto a la consecución de los sueños, a la vuelta a los orígenes, a la inocencia. Un filme para los que piensan que la vida es maravillosa, que todo va sobre ruedas y que siempre existe una solución para los problemas. Hablo de los altos ejecutivos de la banca (quizá debería escribir La Banca, para diferenciarlo así del triste espacio donde cada mañana se desploman los parados), los verdaderos causantes de una crisis que no les afecta, porque el Estado ha recompensado sus pérdidas con generosos bonus. Estos rapaces se enfrascarán de nuevo en sus burkas cuando todo haya pasado sin advertir que la crisis ha arrastrado más de un millón y medio de empleos que ahora el Gobierno de turno quiere paliar con la Ley de Economía Sostenible, que llega el miércoles al Congreso pero de la que aún nadie imagina ni un ápice. Tampoco mi amigo Dani Pérez, que un día antes se convertirá en diputado por Málaga, sustituyendo así a Magdalena Álvarez, otrora ministra de Fomento, que no sé si partía o si doblá, se encaramó al árbol de Bruselas, donde los políticos vetustos consiguen sabrosos dividendos para su precoz jubilación. Ahora que hablo de la película de Tornatore y de los valores que encarna, me detendré en nuestro partido socialista, un partido que muchas veces olvida que en sus siglas también está inscrita a fuego la palabra obrero. Quizás algunos crean que un puño levantado, unas sílabas de la Internacional y una foto en Rodiezmo (León) rodeado de descamisados (como llamaba Alfonso Guerra a los obreros) y de líderes sindicales vale para cubrir un largo periodo de ausencia. Lo mismo creíste tu aquella tarde de mayo, cuando me subiste en tu Fiat Punto y contaste las estrellas que existían desde Cavour hasta Testaccio, el barrio romano donde sus inquilinas aún cuelgan la ropa de extremo a extremo para secarla. Eso sí que es recordar los orígenes. Algo de eso le falta al PSOE ahora que cuenta entre sus milicias con lo que mi padre llama hijos del cuerpo, es decir, hijos, sobrinos y apadrinados de ilustres socialistas que han fecundado una aristocracia obrera cayendo en el error que les movió hace dos siglos a levantarse contra el status quo. Me ahorraré dar nombres de enchufados para que no cunda el pánico ya que algunos de ellos, pese a todo, son grandes amigos. Me conformaré con leer “Viaje al fondo de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline. Se lo recomiendo si son de esos a los que el resentimiento sin motivo les reconcome, si les ha arruinado la vida un amante o si se sienten gobernados en el trabajo por un estúpido. El libro es un tratado divino de la amargura y de la rebeldía. Algo de eso hago yo en este artículo, donde pongo en práctica ambas sensaciones en todo aquello que huela a socialismo, una forma de entender la vida que alberga ideas que se desvanecen como se desvanece Venecia, esa ciudad a la que Thomas Mann calificó de “mitad fábula y mitad trampa”, acosada ahora por el agua y por la incesante avalancha de turistas, que alcanza su cénit en Carnaval. Y así mismo se encuentra el socialismo español, repleto de caretas, no ya entre sus cargos, sino también entre sus vísceras. Las ideas del manual se suavizan o se maquillan por un tremendo miedo a no sé que ni a quién. No entiendo a este partido que dice con la boca pequeña que va a subir los impuestos. ¿Por qué hay que tener miedo, repito? Los impuestos siempre gravan a los que más tienen y, por tanto, es la fórmula perfecta para financiar a los que más lo necesitan. Ni entiendo que se elimine el impuesto de Patrimonio para beneficiar a esos cuatro incrédulos que creen que política social es cazar a cualquier vagabundo el día de Nochebuena, lavarle los piojos y sentarlo en su mesa. El socialismo debe ponerse las pilas, me reafirmo, o pronto entonará un sayonara, despedida que ya han hecho los dinosaurios de la política japonesa, anquilosados, inmaculados de ideas y faltos de compromiso tras 50 años en el poder. El nuevo Parlamento japonés será más joven y tendrá más mujeres, la poderosa burocracia será mermada a favor de medidas sociales y la economía, invernando desde los años 80, verá un nuevo impulso, según el nuevo presidente, Yukio Hatoyama. Mientras, en España, nos hacemos eco de un nuevo informe de la OCDE que augura más paro y más crisis, al menos hasta finales de 2010. Muchos jóvenes de esta generación, la más preparada de la historia de España, verán truncados sus sueños, otros se reinventarán y trabajarán en algo que no les agradará hasta el punto de vomitar sus propias vísceras. Es la única fórmula que tendremos de subsistir ahora que hemos dejado atrás los momentos felices del Gatsby y que tras el concierto de Vetusta Morla, Salamanca (como el resto del país) volverá a ser un semillero de penurias y sensaciones de fracaso. Al menos, mientras resuenan las letras del grupo madrileño, nacidas en un trastero de Tres Cantos con la ilusión del que empieza algo importante, habrá un lugar para la esperanza. Luego tendremos tiempo de reflexionar sobre aquello que queremos. O de cambiar las directrices que sigue nuestro partido. Para algunos Rodiezmo no es el Parnaso. Y es que en ocasiones, una imagen no vale más que mil palabras.

03 septiembre 2009

BAARIA

La historia del cine está llena de prostitutas. De las Cabiria y Saraghina de Fellini, hasta la improbable Vivian (Julia Roberts) de Pretty woman, muchos directores han creado heroínas memorables de las profesionales del sexo. Pero en pocas ocasiones han mostrado un retrato sin concesiones de la perversidad de la trata de blancas. El siciliano Giuseppe Tornatore lo hizo en su película, La desconocida, la historia de una prostituta ucrania que huye de su proxeneta en busca de una vida mejor. Sinceramente, creo que todos somos un poco prostitutas alguna vez, por ejemplo cuando la vida nos abre dos caminos parelelos, pero diferentes. Tiramos de racionalidad y elegimos el que consideramos que mejor se ajusta a nuestra felicidad. Pero muchas veces la pifiamos. A mí, como a la mayoría de la humanidad, me ha sucedido. Y es por eso que ahora vago por las calles sin ningún sentido, haciendo de la noche mi hábitat y esperando una palabra dulce como quien espera una caricia. Sin embargo, sé que volverán los tiempos llenos de colores, las estaciones plenas de luz. Algo similar le ha ocurrido al cine italiano, que por primera vez en dos décadas abrirá la Mostra de Venecia. La película encargada de ello, no podría ser menos, está dirigida por Giuseppe Tornatore, ganador del Oscar en 1989 por la extraordinaria Cinema Paradiso. Su nuevo filme, Baaria (o Bagheria, nombre de su ciudad natal) es un sentido homenaje a sus inicios. Inicios que comparte con mi amigo Sebastiano Riso, siciliano, sentimental, exquisito y director de cine a tener en cuenta en los próximos años. Tornatore definió Baaria como "una celebración de todo lo bueno que implica ser siciliano y también de las facetas de nuestro carácter que no funcionan". Sin embargo, pretende ser más, un fresco de la historia de su tierra natal y un resumen de la convulsa evolución política de su país. Mientras retrata la entrañable y soleada vida de sus ancestros, la lucha de clases y la salvación a través de la política, la crítica ha echado por tierra todo el filme cuando, en la proyección especial para la prensa, no otorgaron ningún aplauso a la historia. A lo mejor me equivoco, pero por una vez estoy del lado de Silvio Berlusconi ("a los que no les gusta la película no saben de cine"). Quizá sea una de las historias más flojas de Tornatore, pero estoy seguro de que encierra un bello mensaje. En Italia vuelve a ser noticia Il Cavaliere, que ahora trama vender el club de sus amores, el AC Milán, tras más de dos décadas de gestión exitosa. Y es que la squadra rossonera ya no es rentable para la familia Berlusconi. Su posible venta fue tratada con Gadaffi el pasado domingo en Trípoli. El también conocido como Il caimano (Nani Moretti dixit), sin embargo, no se quedó en Libia para conmemorar las fastos por el 40 aniversario de la llegada del autoritario Gadaffi al poder. Si estuvo nuestro Miguel Ángel Moratinos, asistencia que no logro entender, y hasta las autoridades británicas le hicieron un generoso regalo de cumpleaños: la excarcelación del terrorista de Lockerbie. Quizá, la crítica de la Mostra de Venecia debería haber escrito sobre cómo los dirigentes mundiales no abuchean al dictador libio (¿será por unos barriles de petróleo?) y de como ellos sí lo hacen ante sentimientos retratados por un magnífico director de cine. Una historia, unas sensaciones que quizás ellos ni entiendan, pero ante las cuales se sienten totalmente capacitados para juzgar. Yo no lo haré, porque la gente de pueblo somos especiales. Porque sólo nosotros sabemos apreciar esas pequeñas cosas tan bellas para nosotros y tan surrealistas y desfasadas para esos lobos de ciudad que sólo gustan de la postmodernidad. Aunque ésta carezca de mensaje y de emociones. Ya ni siquiera el amor significa lo mismo. Pobre de Erich Fromm si levantara la cabeza.

26 agosto 2009

DINASTÍA

En la década de los 80 los ciudadanos de todo el mundo idolatraron una serie televisiva, Dinastía, nacida a raíz del éxito de Dallas. La serie, que se desarrolla en Denver (Colorado), cuenta la historia del magnate del petróleo Blake Carrington, de su familia y de su empresa, Denver Carrington. Las historias cruzadas, morbosas, siempre han acaparado nuestra atención. Algo así ha ocurrido en las últimas décadas con la familia Kennedy. Como si de un guión televisivo se tratara, la vida de esta singular saga no ha dejado de tener protagonismo. Empezó a ocupar numerosos espacios en la pantalla de nuestro salón, en los periódicos y hasta en nuestros corazones. Todo el mundo sabe que los Kennedy han sido siempre una especie de Familia Real en el país republicano por excelencia, EEUU. Cada vez que los Kennedy daban un paso, la humanidad lo daba con ellos. Todo el mundo les apreciaba. Hasta el punto de no tener enemigos (algo inusual en política), sino adversarios. Los Kennedy eran una familia rica, influyente, católica, demócrata y progresista de Massachusetts que comenzó a estar en el centro de atención cuando el padre de familia, el banquero Joe, apoyó a Franklin D. Roosevelt en 1932, al emprender la carrera hacia la Casablanca. Pero, sobre todo, los Kennedy son conocidos desde que John se convirtió, en 1960, en el presidente más joven de la historia de EEUU. Supo aprovechar el invento de la época, la televisión, como en nuestros días Obama ha sabido sacar partido de la red, con Facebook. No es lo único que une a ambos presidentes (Obama parece en realidad un pariente de los Kennedy). Pero, si por algo es conocida esta familia es por las desgracias que le han acontecido. Entre ellas, el asesinato del presidente John en 1963 mientras desfilaba por las calles de Dallas en un descapotable. Sólo cinco años más tarde, su hermano Robert también moría acribillado a balazos en Los Ángeles, cuando estaba inmerso en las primarias del Partido Demócrata para ser el segundo inquilino de la familia en la Casablanca. Nunca se supo porque fueron asesinados ambos hermanos, como nunca se ha sabido si éstas, al igual que otras desgracias sufridas por los Kennedy, fueron fortuitas o no. Hoy, a sus 77 años, se nos ha ido el último gran Kennedy, Teddy, como lo llamaban sus amigos. En la década de los 70 intentó, como sus hermanos mayores, el asalto a la Casablanca: un oscuro accidente de tráfico, en el que murió una colaboradora en 1969, lo apartó de la carrera. Se va Ted, el más progresista de los progresistas de EEUU. La voz de los más desfavorecidos en su rico país. El senador que impulsó la condena del apartheid, que promovió la paz en Irlanda del Norte y que se opuso a las cruentas guerras de Vietnam y de Iraq. En sus 47 años como senador batalló porque todos los estadounidenses gozaran de cobertura sanitaria y, aunque se lo llegó a proponer a Richard Nixon, a Jimmy Carter y a Bill Clinton, nunca logró que se aprobara dicha ley. Con la elección de Barack Obama (en cuya campaña se afanó) se abría un nuevo camino a la esperanza, un camino que, cosas del destino, un cáncer cerebral le ha impedido ver terminado. Porque, pese a los millones de estadounidenses en contra de una sanidad universal, pese a los egoísmos y el interés de la industria farmacéutica, no me cabe dudas de que en esta ocasión será definitivo. Desde el cielo, Ted verá cumplido su sueño. El mío quizás nunca se cumpla, pero seguiré aguardando. Como aguardan cientos de miles de parados a que el Gobierno de Zapatero retoque el decreto y puedan, al fin, ingresar algo de dinero al final de mes, aunque sean 420 míseros euros. Será más fácil eso que tú me llames por mi nombre y aparezcas por la esquina. Más fácil que me mires a los ojos y me digas que me quieres. Más fácil, incluso, de que tengas un ligero pensamiento sobre mi persona y recuerdes la tarde que te protegí de las palomas. Para ello, deberán alinearse los planetas en paralelo. Sí, de igual forma que los señores de la guerra han impulsado a Hamid Karzai, no sé cómo ni por qué, para que siga mandando en Afganistán, cosa previsible una vez resueltas las primeras papeletas. Uribe, con el viento a favor, ese que le otorga la gran popularidad entre sus conciudadanos, en tanto, presiona para aprobar un proyecto de reelección, algo que impide la constitución colombiana, como la hondureña, la misma razón por la que José Manuel Zelaya tuvo que abandonar su país, cuando el Ejército y la derechona, con Roberto Micheletti a la cabeza, se plantaron. Pero eso no sucederá en Colombia, donde siguen mandando los sabuesos y los camellos millonarios, a pesar de la escoba sospechosa para barrer narcotraficantes que guarda en el cajón el presidente Uribe. Más sensata parece Martine Aubry, la lideresa del Partido Socialista francés, capaz de llevar la candidatura a la presidencia francesa a unas elecciones primarias abiertas a todos los ciudadanos. Es la revolución política, el paso aventajado que siempre tuvieron los gallos. Aunque es de justicia decir que ya observé algo similar en la Piazza del Renacimiento, en Roma. Era octubre de 2005 y la unión de centro – izquierda buscaba líder para enfrentarse a Berlusconi. Fue elegido Romano Prodi casi con el 70 % de los votos. Meses más tarde, en abril, Il Professore vencía en las urnas a Il Cavaliere. Como es sabido, poco le duró la alegría. Pero todo lo que hoy cuento dará un vuelco con el paso del tiempo. La vida es así. La historia es así. El tiempo es así. Circular. Todo da vueltas y vueltas como una noria. Así será como los telespectadores encontrarán otra serie de referencia; la saga Kennedy pronto será reemplazada por otra dinastía brillante y desafortunada a partes iguales, y como el decreto de Zapatero ya no será necesario porque la crisis habrá llegado a su fin. Quizás hasta pronuncies mi nombre y me dediques una mirada, para que así no tengan que cumplirse mis pronósticos en aquel desgastado apartamento de Cavour. O tal vez sí: todo lo que tiene a Italia de por medio carece de permutabilidad. Y así será como me quedaré sin ver un nuevo amanecer en tu sonrisa.

22 junio 2009

12 mayo 2009